¿Son neutrales los algoritmos?



Antonio J. Sánchez

29 de agosto de 2026

En esta entrada recojo mis observaciones sobre una pregunta relativa a la IA que ha sido objeto de consideración por el Taller que nuestra Asociación ha mantenido sobre la IA generativa y las relaciones laborales en el curso que acaba de cerrarse.

Definición de “neutralidad algorítmica”.

A menudo, como señala Miguel Toro en un reciente documento de trabajo para el Taller sobre IA de nuestra Asociación, se otorga a los algoritmos el atributo de “neutralidad”, en tanto que “toma decisiones, filtra información o arroja resultados sin prejuicios, sesgos ni preferencias”, ya que trata todos los datos y usuarios por igual, sin favorecer intereses políticos, económicos, de género o de raza, y sin manipular lo que vemos. Pero, en la práctica, como él indica, la neutralidad algorítmica es una ilusión, una falacia e incluso una pregunta sin sentido.

Exigir de un algoritmo, cosa que se hace frecuentemente,  que “no tenga prejuicios” es algo inconsistente, ya que, en tanto que modelo en sí, sólo hace lo que se le haya dicho que haga, sea cual sea el nivel de sofisticación de la instrucción; carece de la autonomía y la naturaleza que debe tener un ente para atribuírsele prejuicios. Con ese inconsistente requerimiento se olvida de que el algoritmo tiene padre y madre, y son a ellos, a los promotores y diseñadores, a quienes deben pedírseles responsabilidades si hace algo que la sociedad o algunas personas consideran inadecuado o dañoso.

Pero además la frecuente reivindicación de la neutralidad algorítmica de que “trate a todos los datos y usuarios por igual, sin favorecer intereses políticos, económicos…” es inconsistente con la misma esencia de un algoritmo. Los algoritmos son precisamente unos complejos de cálculos que expresan criterios y ponderaciones establecidos por sus autores; todos ellos son apreciaciones que han sido señaladas por los desarrolladores de los algoritmos o por quienes los hayan encargado. La neutralidad algorítmica –si así pudiera decirse- consiste precisamente en que los algoritmos hagan lo que se les pide que hagan. Y lo que se les pide contiene todos los sesgos que colman cada una de las decisiones humanas, a veces porque así se desea expresamente, a veces porque resultan de comportamientos profundos sustentados en intereses muy concretos.

Por tanto hablar de neutralidad o pedir neutralidad a un algoritmo es una cuestión carente de sentido. Otra cosa distinta es que debe pedírsele Transparencia –a quien ha adquirido o desarrollado un sistema IA- para que cuente con precisión los criterios con que ha definido los objetivos del algoritmo, y estos mismos objetivos: seguir a unas determinas personas o colectivos, matarlos, despedir a los trabajadores que el autor o el cliente del algoritmo considera más ineficientes, multar a los supuestos infractores de alguna norma, instrumentar adecuadamente una disposición….

Cuando además se le atribuye a los algoritmos el carácter de neutralidad se les está a menudo atribuyendo unas virtudes de infalibilidad y un estatus de “autoridad”, ajenas por completo a su carácter, y  que a menudo sustentan decisiones muy controvertidas. Invocar esa autoridad es simplemente una tontería para embaucar a los crédulos (sean los aspirantes a crédulos quienes sean: jefes de estado, CEO, usuarios del Tinder, críos adictos…), de la bondad de lo que hace el algoritmo, sin fundamento alguno, algo muy empleado en el marketing de las autocracias.

Las discriminaciones

Los algoritmos, además de concluir o actuar conforme a los parámetros que se les haya marcado, pueden incorporar “sesgos”,  que tienen como origen otro orden de asuntos: errores subyacentes en el origen de los datos con que se les ha entrenado, a veces resultantes de la mala calidad de esos datos, a veces resultantes de operaciones específicas para intoxicar los resultados (véase los operaciones israelíes para colmatar las fuentes de información sobre Israel con textos que beneficien su imagen),  o el resultante de errores en su construcción (fallos en la programación; asuntos que no han sido tomados en cuenta…).

El empleo de un tipo u otro de datos en las etapas de entrenamiento de los sistemas puede sesgar notablemente los resultados. Como en el caso del diseño, la acción humana es la que ha determinado la naturaleza de los datos seleccionados, evaluando, si acaso, su calidad. Es el actor humano de nuevo, por acción o por omisión, como se decía antiguamente, quien configura la “neutralidad” del algoritmo, no el algoritmo en sí.

Esas discriminaciones pueden provenir además de algo muy básico: errores en el diseño, en los programas que sostienen los algoritmos. La existencia de errores, que los hay en numerosos planos (véase el ingente número de agujeros existentes en materia de ciberseguridad), no hacen a los algoritmos más o menos neutrales; los hace más o menos fiables. Las prisas con que en no pocas ocasiones se han ultimado las versiones de los sistemas IA para salir a la calle antes que el competidor, y su propia y a veces extrema complejidad, está probablemente en la base de la escasa fiabilidad que en ocasiones alcanzan.

Cuanto más sofisticados son los sistemas de IA (y más caros), sus errores y sesgos procedentes de la calidad de los datos son menores. Y, al contrario. Se abre con ello un nuevo ámbito de desigualdad resultante del tipo de IA que se consuma, que se materializa en el precio de las suscripciones que se establezcan,  y que segmenta y discrimina a los usuarios: ricos, pobres, medios…

La percepción de las manifestaciones de los errores algorítmicos –en cualquiera de sus formas- es una de las causas que aconseja lo que es el objeto de la siguiente cuestión: la presencia de control humano.

Los algoritmos no deberían atemorizarnos, en principio, por sus errores. Deben atemorizarnos y hacernos estar atentos precisamente por sus éxitos. Si bien la frecuencia con que están apareciendo acciones de los sistemas de IA aparentemente ajenos a lo que se esperaba de ellos (que difícilmente cabe llamar “errores” sino más bien modos inesperados de alcanzar los objetos que se le han fijado), aconseja no bajar la guardia sobre esas manifestaciones. En cualquier caso no debemos esforzarnos tanto en perseguir con lupa lo que hacen mal los SIA (Sistemas de Inteligencia Artificial), sino precisamente en lo que hacen bien y sin embargo es ajeno a nuestros valores, a nuestros intereses, a nuestro sistema de convivencia.

Los algoritmos, complejos de inquietantes valoraciones

Dicho todo lo anterior, no podemos en ningún momento ver los actuales sistemas de IA como meros sistemas de cálculo. No lo son. Están llenos de valoraciones.

Y de lo que se trata entonces es urgir transparencia en esas valoraciones y en la solvencia del sistema construido para hacerlas efectivas. Y, en su caso, cuestionarlas, en la arena política, judicial, sindical, cultural o la que corresponda, acompañadas de un creciente enriquecimiento de las posiciones políticas ante la IA. Creo que el virulento debate actual en los USA sobre la IA, en el que participan numerosas corrientes políticas de todo tipo,  es un buen ejemplo de por dónde avanzar.

El acceso de los sistemas de IA a los niños y jóvenes es un campo prioritario de posicionamiento. Y las causas seguidas por numerosos Estados norteamericanos contra META, precisamente por alterar los comportamientos de niños y jóvenes, cerradas en este mes de agosto de un modo que deja muchas insatisfacciones, y la relevancia de las notorias pruebas y argumentos en que se fundaban dichas reclamaciones son un ejemplo claro de la relevancia que se ha de dar a este campo prioritario de atención.