¿Qué efectos está teniendo la IA sobre el empleo?



Antonio J. Sánchez

31 de agosto de 2026

En esta séptima entrada se recogen algunas de las conclusiones del Taller de nuestra Asociación sobre IA y relaciones laborales, mantenido durante el curso pasado.

Sobre el propio sentido de la IA

A medida que se multiplican manifestaciones inquietantes de la IA, de sus efectos y de sus costes, la pregunta ¿Qué sentido tiene la IA? va extendiéndose.  Es una pregunta que sobrevoló también durante el curso de nuestro Taller y que se repite en las aproximaciones que el Papa y otras muchas instituciones se hacen al afrontar la expansión y las incidencias de la IA. Se trata de una pregunta del todo pertinente, que debería abordarse yendo más allá de su propio enunciado, tratándola en su plano más genérico, al margen de que después se procure dar respuesta a esa pregunta en planos más específicos, como el sentido de su incidencia sobre el empleo, la creación artística…

Hoy quizás sea una pregunta sin respuesta, ya que el fuerte poder político y económico de sus contados promotores hacen que no se den las condiciones para que respuestas rompedoras a los planteamientos actuales salgan adelante, lo que no quiere decir que deba obviarse el volcarse en un intento de comprensión de la misión de la IA, y de una praxis posterior coherente con las respuestas que se seleccionen.

La tensión entre promotores y detractores de la IA aflora con virulencia y la línea argumental de los últimos se sustenta sobre un enunciado bien firme y sencillo: la IA está hecha para servir al hombre, no para reemplazarlo, mientras que buena parte de quienes la animan vean con buenos ojos el que suponga un radical salto evolutivo, siempre que sus intereses queden preservados.

Sobre el efecto de la IA en el volumen de empleo

Es un tema que copa páginas de los periódicos, y que es objeto de una amplia literatura científica y gris que se está generando sobre este tema, donde hay de todo: estudios “de parte”, de organizaciones independientes más o menos rigurosas, de instituciones públicas…

Cabe englobar esa amplia literatura, en función de sus conclusiones, en tres categorías:

·        La de quienes concluyen en que no tendrá ningún efecto significativo, ni macro ni micro, que suelen argumentar que los despidos y recortes de plantilla que se le asocian se deben más bien a causas externas a la IA y oportunistas.

·        La de quienes concluyen que tendrá efectos muy relevantes, atreviéndose hasta en cuantificar en decenas de millones sus impactos al horizonte 2030.

·        La de los que terminan considerando que tendrá efectos moderados en el empleo, compensados parcial o totalmente con las nuevas ocupaciones que requiere.

Hoy cualquier interesado puede obtener las respuestas que les gustaría oír, y esto hace muy complejo una prospectiva seria sobre el tema, máxime cuando los esfuerzos analíticos se han volcado por lo general en el mercado de trabajo de los Estados Unidos, diferente a los mercados de trabajo europeos, asiáticos y africanos, a los que recientemente se suman interesantes ejercicios liderados por la OCDE.

Los acercamientos más serios coinciden en varias observaciones:

·        Los impactos de la IA van a dejar fuera de su ámbito de impacto, al menos en los años inmediatos, a los trabajadores manuales (agricultura, construcción, hostelería) y de servicios directos a las personas (cuidados…).

·        La IA va alterar considerablemente los demás ámbitos de trabajo, en su volumen, en los modos de desempeño del trabajo, en las formas de contratación…

·        A corto/medio plazo los efectos negativos van a observarse en los campos marcados por tareas soportadas en rutinas, habitualmente mediante el empleo de datos y procesos normalizados: servicios financieros, administrativos, informáticos…

·        Los efectos positivos presumiblemente se adviertan en los entornos urbanos con mercados más complejos, introduciendo nuevos elementos de polarización del territorio y segmentando aún más a la población en base a sus conocimientos y sus competencias.

Con todo, las incidencias efectivas son mal conocidas y requieren un seguimiento más atento y constante, máxime cuando su impacto potencial se filtra y se seguirá filtrando según sea los costes de implantación de la IA (hoy altos), los marcos reguladores…

Esas recomendaciones son especialmente válidas en una región como Andalucía, que carece hasta ahora de estudios serios sobre esos escenarios de impactos.

El papel de la IA en el trabajo

Hay una cierta unanimidad entre las investigaciones no vinculadas a las grandes empresas de IA, y entre las reflexiones intelectuales, en que la IA debería ser un complemento para el trabajador, no su sustituto.

Pero esta bondadosa perspectiva, al menos en su versión más radical, ignora la propia naturaleza de la IA, y en especial los modos en que puede ser empleada en grandes empresas e instituciones. En tales casos la IA hace desaparecer perfiles completos de puestos de trabajo, o reduce drásticamente las necesidades de personal para determinadas tareas, lo que no casa con empeñarse en que se le asigne un papel complementario, que sólo tendría virtualidad durante los períodos de transición entre la introducción de SIA y la implantación completa. Pensemos por ejemplo en la introducción de la conducción autónoma en los servicios públicos de transporte por ejemplo, o en el conjunto de personas dedicadas a la preparación de expedientes administrativos.

Quizá una respuesta satisfactoria a esos graves riesgos ha de fundarse en el reconocimiento de qué puestos de trabajo alternativos cabe crear, y cómo adecuar los conocimientos de las personas para esas nuevas actividades, una tarea que sólo puede ser eficaz en el marco de la “formación a lo largo de la vida”.

Un aspecto que no convendría perder de vista es el papel de la IA en la propia organización del trabajo, a través de su “plataformización”: la normalización de las actividades, secuencias y movimientos;  el seguimiento en tiempo real de ritmos y calidades de producción; el control de la intensidad de la atención…Este campo de acción para la IA es propio hasta ahora de las grandes empresas industriales, de servicios y logísticas, y las capacidades de la IA pueden hacerlo más común, a otros sectores y dimensiones empresariales, con todos los impactos que ello tiene sobre el control de los trabajadores y su sujeción a unas disposiciones que restan creatividad y compromiso de los empleados respecto a la empresa y a la propia actividad.

Estrategias ante el impacto de la IA en el empleo

Está aún por ver que el uso de la IA genere una crisis profunda en el empleo: la IA es cara para las empresas y lo sería aún más si no estuviera tan “dopada” con transferencias de externalidades a la ciudadanía, con la aceptación de su masivo y recurrente recurso a la apropiación gratuita de bienes públicos, y en ocasiones privados (ver la querella de Apple contra Open AI por ejemplo), con contrataciones públicas a precios privilegiados…; la IA no resuelve la mayor parte de las necesidades productivas de la sociedad; la IA no asegura fácilmente la calidad debida en los productos y servicios que puede prestar.

Por otra parte, el caso extremo, un mundo sin trabajo, deseado por algunos de los promotores de la IA, abriría un escenario inédito en la historia de la humanidad, para el que no hay respuestas satisfactorias y sí inquietudes radicales.

En ausencia de ese escenario extremo, algunos de los posicionamientos en que a corto / medio plazo cabe situarse están, en Europa, en manos de los sindicatos: vigilancia de las condiciones en que se implantan, exigencia de transparencia, corrección de sesgos, promoción de medidas de Formación a lo Largo de la Vida (LLL)…, exigiendo el respeto de la privacidad, la adopción de medidas que hagan efectiva esa colaboración trabajador-SIA, y de otras medidas que permitan que las mejoras de la productividad y los resultados se traduzcan en condiciones de trabajo y de remuneración.

Y también en manos de las administraciones públicas, en parte para que las empresas productoras de IA reflejen en sus precios sus costes reales, y afronten las cargas impositivas propias de su actividad.