Lo que se viene este curso en Andalucía
Empieza otro curso
escolar. Ya se conoce el ritual: las escuelas infantiles abrieron el 3 de
septiembre, Infantil y Primaria el 10, y Secundaria, Bachillerato y FP lo harán
el 15. Pero este año, más que otros, conviene mirar de frente lo que se viene
encima, porque solo hablándolo con claridad —entre docentes, en los claustros,
en los pasillos, con las familias— se podrá afrontar con algo de esperanza.
El pasado 14 de julio,
PP y Vox firmaron un pacto de gobierno que amplía los conciertos educativos —la
financiación pública de centros privados— a Bachillerato, FP y educación
especial. Son etapas que hasta ahora quedaban fuera, y la medida afecta a más de
200.000 estudiantes andaluces en niveles posobligatorios. No es un dato menor:
si se concierta la educación especial, se corre el riesgo de que la red
pública, que durante años ha sostenido la atención a la diversidad con enorme
esfuerzo, se quede sin los recursos y sin el alumnado que le dan sentido. Y si
se concierta la FP, se compite por unos fondos que ya se sabe que son
insuficientes para las plazas públicas que faltan.
Los sindicatos llevan
semanas insistiendo en algo que buena parte del profesorado conoce de primera
mano, curso tras curso: falta profesorado, se cierran unidades, y la FP pública
no tiene plazas suficientes para la demanda real. Es un problema que no se
resuelve con un anuncio de septiembre, sino con planificación sostenida. Por
eso hay una huelga convocada para el 11 de noviembre, dentro de una ola de
movilizaciones que también recorre otras comunidades.
A esto le hemos de sumar
lo de siempre, aunque no por repetido deja de doler: ratios demasiado altas,
carga lectiva que no baja, y una sensación de agotamiento que muchos docentes
arrastran ya desde antes del verano. Y, como telón de fondo, cierto ruido en
torno a los contenidos curriculares —lengua, memoria histórica— que apunta a un
riesgo real: que el aula se convierta en terreno de disputa ideológica en lugar
de en un espacio compartido de aprendizaje.
No se trata de
resignarse ni de gritar al vacío. Hay propuestas concretas y razonables que
merece la pena defender desde los claustros y desde la academia:
Sobre los conciertos, pedir una auditoría
pública y transparente, provincia por provincia, de las plazas de FP y
educación especial que realmente hacen falta, y que cualquier euro adicional
vaya primero a reforzar la red pública allí donde no llega.
Sobre el profesorado, reclamar convocatorias
plurianuales de plazas, negociadas con tiempo suficiente para que los refuerzos
lleguen antes de octubre y no a mitad de curso, como ha ocurrido en tantas
ocasiones. Un mapa escolar público, revisado con criterios claros, ayudaría a
anticipar en vez de improvisar.
Sobre ratios y carga
lectiva, exigir
calendarios verificables, con hitos anuales medibles, no promesas genéricas que
se repiten cada septiembre sin que cambien mucho las cosas.
Sobre el currículo, insistir en que
cualquier cambio pase por una participación real del profesorado y de quienes
se dedican a la didáctica, con criterios pedagógicos por delante de los
políticos. Un currículo que cambia con cada legislatura no genera confianza en
nadie, ni en las familias ni en quienes tienen que aplicarlo en el aula.
Pero no todo son
sombras. La Junta sigue ampliando el programa CIMA para acercar a chavales de
Primaria y ESO a la inteligencia artificial y el aprendizaje automático, y hay
cada vez más formación disponible para el profesorado en herramientas de IA
aplicadas a idiomas, evaluación y atención a la diversidad. Es un terreno donde
de verdad se puede aportar algo bueno, siempre que no se use como cortina de
humo frente a lo que falta por resolver, sino como un complemento real. Por eso
también se plantea algo sencillo: que estos programas se evalúen con
independencia, mirando si mejoran de verdad el aprendizaje y la equidad, no
solo cuántos centros los reciben.
Este curso empieza con
un calendario ya fijado, pero también con una fecha marcada en rojo: el 11 de
noviembre. Será el primer gran termómetro de hasta dónde llega el malestar y
hasta dónde está dispuesta a escuchar la administración. Mientras tanto, las
aulas siguen ahí, sosteniendo el sistema con el mismo cuidado de siempre. Ojalá
este curso traiga, además de los retos de siempre, algo de la escucha y la
seriedad que se llevan tiempo pidiendo.
