LA UNIVERSIDAD PÚBLICA ANDALUZA EN COLAPSO


Carlos Gentil 
22/08/2026

Hay una paradoja que cuesta digerir: Andalucía cuenta con los presupuestos autonómicos más altos de su historia, y aun así sus universidades públicas cierran el año con números rojos. En 2025, el sistema universitario andaluz acumuló un déficit ajustado consolidado de 44 millones de euros. No es un problema de mala gestión de los campus. Es, según denuncian rectorados, sindicatos y plataformas estudiantiles, el resultado de una estrategia presupuestaria deliberadamente restrictiva por parte de la Junta de Andalucía.

Vayamos por partes, porque el deterioro tiene varias capas y todas apuntan en la misma dirección: 44 M € Déficit consolidado 2025; 50,2 M € Deuda salarial acumulada; 500 M € Déficit de inversión anual (LOSU)

En septiembre de 2023 se firmó el modelo de financiación universitaria 2023-2027, con una cláusula que parecía blindar a las universidades: la administración se comprometía a mantener la financiación del año anterior, incrementada con las subidas salariales que el Estado aprobara (por ejemplo, ese 2,5% adicional en gasto de personal). Era, sobre el papel, una garantía de estabilidad.

En la práctica, ese compromiso se ha incumplido por completo. El resultado es una deuda técnica de 50,2 millones de euros, generada porque la Junta no ha abonado los complementos autonómicos del personal docente e investigador (PDI) ni ha dotado de fondos la carrera horizontal del personal técnico, de gestión y administración (PTGAS).

¿Y quién paga esa factura mientras tanto? Las propias universidades, que han tenido que tirar de sus remanentes —sus ahorros para inversión y funcionamiento— para cubrir nóminas que, por ley, le corresponden a la administración autonómica. Es, en la práctica, un trasvase silencioso de la carga financiera desde la Junta hacia los balances universitarios.

El problema no es nuevo, pero se ha ido enquistando desde 2019. Tomado en su conjunto, el sistema universitario andaluz presenta síntomas inequívocos de descapitalización: pérdida sostenida de poder adquisitivo, un desfase crónico frente a los estándares legales de inversión y una contabilidad que maquilla la magnitud real del problema.

      Pérdida de poder adquisitivo: el presupuesto universitario crecerá un 2,8% en 2026, mientras la inflación interanual rozaba ya el 3,5% en marzo de ese año. En términos reales, las universidades pierden capacidad de compra en cada ejercicio.

      Brecha estructural de inversión: la inversión actual apenas alcanza el 0,76% del PIB regional, muy por debajo del 1% que exige la Ley Orgánica del Sistema Universitario (LOSU). Esa diferencia equivale a más de 500 millones de euros anuales que faltan para cumplir los objetivos de sostenibilidad marcados para 2030.

      Ingeniería contable: la Junta ha contabilizado 20 millones de euros de remanentes propios de las universidades —sus propios ahorros— como si fueran inversión pública nueva, un maquillaje que oculta una pérdida acumulada de 200 millones de euros en financiación básica desde 2019.

El resultado agregado es un sistema que, pese a operar con presupuestos autonómicos en máximos históricos, arrastra un déficit consolidado de 44 millones de euros en 2025 y una brecha de financiación por alumno muy por debajo de los estándares nacionales y europeos. No se trata de casos aislados de mala planificación en uno u otro campus: es un patrón sistémico, que afecta por igual a universidades grandes y pequeñas, y que —según advierten las propias instituciones— se agravará sensiblemente en 2026 si no cambia el rumbo presupuestario.

Aquí es donde el diagnóstico deja de ser solo financiero y se vuelve, sobre todo, político. La asfixia presupuestaria de la universidad pública no ocurre en el vacío: coincide, en el tiempo y en el espacio, con una desregulación acelerada del sector privado. Y esa simultaneidad no es casual, es la clave para entender el modelo de educación superior que se está construyendo en Andalucía.

Mientras las universidades públicas recortan departamentos, congelan infraestructuras y arrastran remanentes de tesorería negativos, la Junta ha autorizado la creación de cuatro nuevas universidades privadas en apenas diez meses, pasando de 1 a 5 centros privados en la región —entre ellas, la implantación de la Universidad de Comillas en Sevilla. Ningún otro sector de la administración autonómica ha crecido a ese ritmo en tan poco tiempo.

El contraste es elocuente: la velocidad con la que se conceden nuevas licencias privadas no tiene equivalente en la velocidad con la que se resuelven los impagos, se cumple la cláusula de salvaguarda o se cierra la brecha de inversión exigida por la LOSU. Un sistema público que tarda años en recibir lo que se le debe convive con un sector privado que se expande en cuestión de meses.

El indicador más revelador de hacia dónde se dirige el sistema es este: las instituciones privadas ya captan el 50,3% del alumnado de máster en Andalucía. No es un dato menor ni aislado. El posgrado es, precisamente, el segmento más lucrativo y menos regulado de la educación superior, y su captura mayoritaria por parte del sector privado funciona como un indicador adelantado de hacia dónde avanza el conjunto del sistema si no se revierte la tendencia: primero el máster, después —advierten rectorados y plataformas estudiantiles— el grado.

Esta “canibalización” no responde a que la oferta pública sea peor. Responde a que la oferta pública está siendo deliberadamente debilitada: menos grupos, menos plazas, menos inversión en infraestructuras y equipamiento, y una incertidumbre financiera crónica que dificulta la planificación académica a medio plazo. Cada recorte en lo público es, en la práctica, un incentivo adicional para que la demanda se desplace hacia lo privado.

La convergencia hacia el modelo madrileño de educación superior no es una hipótesis lejana, sino el horizonte explícito de esta estrategia. Ese modelo implica la consolidación de un sistema de cuotas que va de los 10.000 a los 25.000 euros anuales, una cifra que sitúa a la universidad privada fuera del alcance de la inmensa mayoría de las familias andaluzas y que, por contraste, empuja a quienes no pueden pagarlas hacia una universidad pública cada vez más precarizada.

El efecto último de esta dinámica es la fractura de la equidad: la universidad deja de funcionar como mecanismo de ascensor social —el lugar donde el mérito y el esfuerzo pesan más que el origen socioeconómico— y pasa a organizarse según una lógica de mercado marcadamente elitista, en la que el acceso a una formación de calidad depende, cada vez más, de la capacidad económica de cada familia.

Leído en conjunto, el patrón es difícil de ignorar: infrafinanciación crónica y sistemática de lo público, incumplimiento reiterado de los compromisos normativos de financiación, maquillaje contable que oculta la magnitud real del déficit, y en paralelo, una expansión acelerada y sin parangón del sector privado, especialmente en los nichos más rentables. No hace falta forzar la interpretación: los propios datos dibujan una estrategia de desmantelamiento programado del servicio público como paso previo a su sustitución parcial por un modelo de mercado.

Frente a este escenario, la reacción institucional y social no se ha hecho esperar. La nueva Ley Universitaria Andaluza (LUPA) de 2026 ha sido rechazada de forma unánime por los rectores andaluces, que denuncian su carácter intervencionista, especialmente por la figura de los “interventores” externos, una medida que consideran contraria al artículo 27.10 de la Constitución, el que garantiza la autonomía universitaria.

En paralelo, PDI, PTGAS y estudiantes se han unido en movilizaciones masivas —las más visibles, el 29 de abril y el 23 de junio— para denunciar lo que describen como un desmantelamiento programado del servicio público. Se ha abierto además una Comisión Técnica con el consejero Jorge Paradela, y las universidades han condicionado frenar la vía judicial a que se traduzca en resultados concretos en los presupuestos de 2027.

El diagnóstico que se desprende de todos estos datos es claro: sin una inyección presupuestaria real y sin que la Junta cumpla la cláusula de salvaguarda que ella misma firmó, el sistema universitario público andaluz corre el riesgo de un colapso financiero y operativo antes de que termine el ciclo 2026. Lo que está en juego no es solo el equilibrio contable de un puñado de instituciones, sino el modelo de universidad pública, accesible y de calidad que Andalucía ha construido durante décadas, y su sustitución progresiva por un sistema de mercado que deja fuera a quienes no pueden pagarlo.