Antonio J. Sánchez
28 de agosto de 2026
En esta entrada voy a detenerme en señalar lo
que, a mi manera de ver, son algunos de los elementos más sobresalientes que
conforman el actual debate entre los agentes que alientan la IA en los Estados
Unidos sobre su configuración y orientación, y que esperan respuestas claras de
la sociedad, de los gobiernos, de las empresas.
La IA: un conjunto de sistemas abiertos
En los inicios de la
IA, en quienes impulsaron Open AI en especial, la IA era vista como una serie
de soluciones que deberían contribuir al bienestar de la humanidad, y, por
tanto, los avances debían ser accesibles (código abierto), al alcance de los
desarrolladores que desearan adecuarlos a sus necesidades o introducir nuevos
avances…En consonancia la “producción de IA” debería quedar fuera del mercado,
al margen de objetivos lucrativos.
Los dos últimos años
han visto desaparecer casi por completo esa perspectiva, algunos de cuyos
rasgos pueden reconocerse en las soluciones de código abierto de Anthropic.
Los promotores de la
IA han cerrado sus sistemas, se han configurado como poderosas empresas
privadas, reacias incluso a permitir una mínima entrada de capital público (la
entrada del gobierno americano en Intel es una excepción, sin continuidad por
ahora).
China, por su parte,
parece responder con la misma moneda.
Pero algo se mueve en
el fondo, surgiendo sistemas mixtos, cuya suerte conviene seguir.
La IA: una aventura universal
Hoy la IA en
Occidente se está haciendo por empresas básicamente norteamericanas que, por la
influencia o presión de su gobierno, e incluso por las ideas nacionalistas de
sus promotores, están cada vez más cerradas a impedir a cualquier empresa de
otro país el acceso a la generación y avance de la IA, que, va consolidándose
como un modo de control de la actividad de la sociedad.
Esto no es lo mejor
para el resto del mundo, pero tampoco para las mismas empresas norteamericanas,
que ven depender sus ingresos a futuro de las grandes compras públicas
estadounidenses; mientras, la UE va construyendo a duras penas su soberanía
digital (defendiéndose de las disposiciones asimétricas de los posibles
proveedores norteamericanos), y China avanza poco a poco en situar sus
productos en el resto del mundo.
La aventura que nació
“universal” va evolucionando hacia tres ecosistemas, dos robustos y otro por
madurar, que apuntan cada día a hacerse más estancos.
La IA: un instrumento de paz o un arma de guerra
Desde los mismos
orígenes de la IA, allá por los cincuenta del pasado siglo, se percibió el alto
interés de ésta para uso militar. Durante bastantes años sin embargo ese
posible interés quedó en segundo plano, y las empresas y desarrolladores
construyeron un imaginario en el que la IA se convertía en un sistema de alto
interés público por su capacidad a contribuir en el bienestar humano. Sobre ese
imaginario fueron muchas las personas que adquirieron fuertes compromisos con
esforzarse por innovar cuanto fuera preciso en pos de la mejor IA. Y fueron
muchos también los abusos realizados por las empresas promotoras de la IA
expoliando datos de todo tipo y propiedad gratuitamente, que se han tolerado.
La visión de quienes,
como Thiel o Karp, consideran que la democracia debe desaparecer en tanto que
restringe la libertad, sostuvieron desde el principio además que la IA debe ser
un arma de poder, y, en su caso un arma de poder para USA.
En la actualidad, al
menos en USA, parece visible que está ganando la posición de quienes perciben
que la IA debe orientarse básicamente a la seguridad y a la supremacía de los
propios Estados Unidos, dejándose de lado otras utilidades, por lo demás
difícilmente monetizables, al menos a los niveles requeridos por las
inversiones multimillonarias que la IA requiere. Esta posición es animada
ruidosamente por la propia presidencia de los Estados Unidos, quien ha alineado
ya claramente a las empresas IA con sus agencias de seguridad públicas y con
sus fuerzas armadas en cuanto se refiere a su empleo en los ataques cibernéticos y en la
vigilancia, a nivel mundo. Esta percepción erosiona su capacidad para remover
los obstáculos que le impiden la apropiación “barata” de bienes públicos (agua,
energía, espacio…), como el activismo del propio movimiento Human First está
poniendo de manifiesto, y aumenta la desconfianza hacia las compañías
norteamericanas.
Hoy en USA la IA es
claramente un instrumento de poder y de guerra.
La IA: automática, o en manos humanas
Son muchos quienes
vienen advirtiendo dese hace más de una década sobre la necesidad de mantener
el control de los sistemas de IA en manos humanas; su reivindicación más básica
es la presencia de la revisión humana antes de actuar.
Parte de las
empresas, promotores y usuarios de la IA se están atreviendo a andar por otros
caminos, dejando enteramente en manos de los sistemas (una vez configurados y
rodados), la adopción de decisiones finales (desde multas, actos
administrativos o asesinatos).
Los esfuerzos en USA
por introducir requerimientos normativos que exijan unos controles humanos no
han dado por ahora resultados, si bien están alimentando movimientos sociales
que previsiblemente tengan mucho recorrido.
En la UE las
limitaciones a los automatismos establecidas en el Reglamento UE de la IA
encaran fuertes presiones de USA para ser retiradas, sin que hasta ahora pueda
inferirse hasta donde pueden llegar esas presiones. Quizá los propios excesos
norteamericanos harán más fácil la adopción de esas reglamentaciones en la UE,
tan necesarias. Los reiterados incidentes protagonizados por Sistemas IA este
verano, invadiendo áreas seguras sin aparente mando humano alguno, claman al
sentido común en pro de una regulación pública, más allá de las medidas de
autocontrol que las propias empresas IA dicen que adoptarán.
La IA: bien público, producto privado
A medida que van
percibiéndose los rasgos más potentes de los sistemas de IA, sus elevados
requerimientos, el tremendo poder que proporciona a sus propietarios y sus
demoledores efectos en el sistema financiero, van apareciendo voces a favor de
que quede en manos públicas, de alguna manera.
Si hace pocos años
este asunto probablemente se trataba en muy pocas ocasiones, en los últimos
meses está comenzando a cobrar presencia. Quizás para Estados Unidos puede que
llegue tarde. Quizás en China, por motivos obvios, no es preciso plantearlo.
Pero otros países occidentales deberán adoptar respuestas a esta cuestión.
La IA: pararla o seguir adelante a toda máquina
Contener el ritmo de
cambio y desarrollo de la IA es algo que se ha planteado de manera frecuente en
la última década por los actores de su construcción. Algunos de los debates más
sonados sobre este asunto lo han protagonizado operadores de la talla de Amodei
o Thiel; y, muy recientemente, por las manifestaciones del propio Bill Gates o
de Sam Altman, al calor de las reiteradas incursiones de sistemas IA fuera de
las propias reglas de seguridad diseñadas por las grandes empresas del ramo.
Para algunos urge la
necesidad de ajustar sus desarrollos a pautas éticas, de asegurar la
inexistencia de errores y fallos, de pensar bien qué se hace y sus efectos.
Quienes se inclinan por ello conocen muy bien el potencial de los sistemas IA.
Para otros, que ven
la IA en el marco de una guerra a muerte entre USA y China, parar o contener la
IA sería por el contrario una traición patria.
La reciente Encíclica
del Papa es una llamada de atención a pensar la conveniencia de reconsiderar a
fondo el modo en que la IA crece, como lo es también la reciente carta a Trump
del 15 de mayo de un conjunto de personalidades de la derecha americana
-política y religiosa-, que, con sus propios matices, va por el mismo camino,
fuertemente preocupados por el efecto de la IA sobre el empleo, “los pequeños”
y su manifestación en el territorio. Y no cesan de formularse contantes
llamadas de atención en pro de alguna manera de “parar”, desde los propios
colectivos de técnicos que trabajan en el mundo IA, y desde muchos de los
análisis que constantemente se realizan por sólidas instituciones del
conocimiento examinando su empleo.
La IA: un agujero negro para los recursos financieros
Las inversiones
precisas para el desarrollo de la IA, en su actual configuración tecnológica
americana, son de una cuantía jamás vista hasta ahora en el mundo.
La acumulación de
recursos en una sola apuesta, de la que por otra parte, una vez puestos a
ejecutar las inversiones, dejará fuera a algunos de sus competidores, tiene riesgos
muy elevados para los agentes financieros. Y no todos los agentes financieros ven
tranquilos ni convencidos esta corriente.
Por otra parte la
asignación de tantos recursos –los que se tienen y los que se consiguen de
terceros- está mermando y encareciendo recursos para las inversiones en
economía real en otros campos más convencionales, y con ello la contracción de
su evolución.
El debate sobre la IA
en el mundo financiero, con posiciones muy contrapuestas, está servido, y su
evolución será determinante. Un debate en el que probablemente tenga un alto
impacto las prohibiciones del gobierno USA a compartir determinadas
aplicaciones con el resto del mundo.
La IA: como afrontar sus impactos
Existe un cierto
consenso sobre que la IA llevará consigo una disminución de las necesidades de
trabajo humano. Si éste será mucho o no, y quienes serán sus afectados es
materia de miles de informes.
Cuando se habla de
esos impactos se suele plantear una pregunta sobre la que no hay ni mucho menos
una respuesta unánime: ¿Quién sostiene a las personas “innecesarias”? Algunos
se escudan en que eso no ocurrirá. Pero la mayoría de los analistas piensan
otra cosa sobre la que sólo caben dos respuestas: pasan a vivir de una especie
de pensión pública, o de una especie de pensión privada; son todavía muy pocos
los que piensan que ese es un asunto que debe resolverse por los afectados,
pero todo puede llegar. En ambos casos el origen de los recursos que se
distribuirían procederían de los beneficios generados por la IA, y ahí surge
evidentemente otra cuestión: ¿Cómo detraerlos? Algunos se acuerdan las viejas
cargas impositivas que adoptaron en USA en la época de los “barones ladrones”,
donde los tipos fiscales llegaron a ser del 95% de los beneficios, pero ninguno
de los grandes operadores han aplaudido esa idea por mucho fundamento histórico
que tenga. La pregunta –clave- sigue en pie: ¿quién paga la fiesta?
Una pregunta que
conduce de inmediato a otras dos: ¿cómo se instrumenta una pensión “universal”
(para los norteamericanos)? ¿Y para los expuestos a los efectos de la IA en
países que no tienen el mínimo poder fiscal sobre las grandes sociedades IA?
Y, obviamente, a una
tercera pregunta: ¿merece la pena vivir en una sociedad así?
Este es un debate en
el que entran no sólo los grandes operadores de la IA –que parece más bien que
no tienen ningún interés en recordarlo- sino sesudos universitarios, referentes
morales como el Papa o clérigos destacados de otras iglesias…
Porque la respuesta
de desentenderse de la suerte de quienes queden excluidos da muy pocos votos,
por más populista que se sea.
La IA: como afrontar sus efectos sobre quienes trabajan en el
desarrollo de la IA
Si algo ha quedado en
claro en los estudios y debates sobre la IA en lo que va de década es que la
naturaleza de la IA es profundamente material: está hecha de recursos (agua,
energía, materiales raros y comunes), se ubica en algún sitio (la nube son
millones de metros cuadrados llenos de instalaciones y máquinas), su diseño y
desarrollo requiere millones de horas de millones de personas en múltiples
tareas…
Ha quedado claro
también que la mayor parte de las personas que trabajan en la IA no son
técnicos hiperpagados de Silicon Valley, sino más bien personas infrapagadas y
sometidas a penosos modos de control del trabajo, en países como Kenya,
Nigeria, India…
Los perfiles éticos
de esos efectos dejan mucho que desear, máxime cuando se contrastan con las
remuneraciones desmesuradas de los directivos y propietarios de las compañías
de IA, alimentadas en no pocos casos más en la captación de capital para esas
sociedades que en las ventas de bienes y servicios.
Este panorama no es
previsible que pueda sostenerse mucho tiempo, especialmente cuando las
necesidades de recursos que precisan pueden llevar consigo escrutinios que
afecten reputacionalmente a quienes comprometan recursos.
