En memoria de Florencio Zoido



En memoria de Florencio

Antonio Sánchez

Hace unas semanas falleció Florencio Zoido. Su vida y su trabajo ha hecho mejores las nuestras, especialmente las de quienes vivimos en Andalucía y le tratamos.

Dignidad, rigor, generosidad, empatía…y muchos más títulos pueden dársele a quien, con modestia, rigor, y tenacidad ejemplar procuró, por todos los medios a su alcance, hacernos ver mejor Andalucía, apreciar sus recursos, sus paisajes… y procuró también advertirnos de los riesgos y peligros a los que nuestro territorio –y en definitiva nuestra sociedad- están expuestos.

Curioso, buen amigo, se encuadra en una generación de universitarios comprometidos con la sociedad, y abierta al mundo, que pusieron sus conocimientos y sus esfuerzos a su servicio, valorando de manera sobresaliente los bienes públicos, y que va esfumándose sin encontrar quizá el relevo que se merecen.

Tuve la fortuna de tratarlo en los años setenta, con nuestros tímidos estudios sobre el Cerro del Moro gaditano, sobre la agricultura andaluza, sobre algunas iniciativas de colonización…Y tuve además el privilegio de formar parte de un pequeño y un tanto intrépido grupo de profesoras, profesores, alumnas y alumnos de varias universidades que a comienzos de los ochenta emprendimos un viaje al norte de Marruecos y a Argelia, sin intuir que para la mayoría de nosotros tendría un carácter iniciático, donde cada mirada y cada minuto nos inundaría de preguntas e inquietudes.

En Cádiz, en el Norte de África, en el grupo ERA, en otras aventuras propias de la ápoca, aprendí de Florencio a valorar el analizar la realidad con el rigor que se merece, sin dejarnos guiar por filtros y sesgos, sin dejarnos arrastrar por las prisas ni la pereza, abiertos a la sorpresa, a las miradas nuevas, tratando con respeto y cariño todo los que nos interesaba, animándonos con la alegría y la generosidad de muchas de las personas que en esas exploraciones tratamos.

Luego la vida nos llevó por derroteros y territorios diferentes. Pero tuve la tranquilidad de ver de lejos como comprometía todo su empeño primero a la compleja y crítica tarea de la ordenación del territorio primero y, más tarde, a luchar por la apreciación y consideración del paisaje, asunto cuya relevancia y fragilidad, paradójicamente, pocas personas veían. Ya más tarde, terminada su vida laboral, aprecié con respeto su digna decisión de recogerse en una vida más callada. Aunque lejano, lo sabía ahí, en sus riscos gaditanos, en el hermoso lugar que quiso estar, con toda la confianza y esperanza que ello aportaba por si fuera preciso recurrir a su honestidad y consejo.

Ahora, sin él, el mundo, y en especial nuestro pobre mundo andaluz, es un poco peor. Un abrazo eterno.