En
memoria de Florencio
Hace unas semanas falleció Florencio Zoido. Su
vida y su trabajo ha hecho mejores las nuestras, especialmente las de quienes
vivimos en Andalucía y le tratamos.
Dignidad, rigor, generosidad, empatía…y muchos
más títulos pueden dársele a quien, con modestia, rigor, y tenacidad ejemplar
procuró, por todos los medios a su alcance, hacernos ver mejor Andalucía,
apreciar sus recursos, sus paisajes… y procuró también advertirnos de los
riesgos y peligros a los que nuestro territorio –y en definitiva nuestra
sociedad- están expuestos.
Curioso, buen amigo, se encuadra en una
generación de universitarios comprometidos con la sociedad, y abierta al mundo,
que pusieron sus conocimientos y sus esfuerzos a su servicio, valorando de
manera sobresaliente los bienes públicos, y que va esfumándose sin encontrar
quizá el relevo que se merecen.
Tuve la fortuna de tratarlo en los años
setenta, con nuestros tímidos estudios sobre el Cerro del Moro gaditano, sobre
la agricultura andaluza, sobre algunas iniciativas de colonización…Y tuve
además el privilegio de formar parte de un pequeño y un tanto intrépido grupo
de profesoras, profesores, alumnas y alumnos de varias universidades que a
comienzos de los ochenta emprendimos un viaje al norte de Marruecos y a
Argelia, sin intuir que para la mayoría de nosotros tendría un carácter
iniciático, donde cada mirada y cada minuto nos inundaría de preguntas e
inquietudes.
En Cádiz, en el Norte de África, en el grupo
ERA, en otras aventuras propias de la ápoca, aprendí de Florencio a valorar el
analizar la realidad con el rigor que se merece, sin dejarnos guiar por filtros
y sesgos, sin dejarnos arrastrar por las prisas ni la pereza, abiertos a la
sorpresa, a las miradas nuevas, tratando con respeto y cariño todo los que nos
interesaba, animándonos con la alegría y la generosidad de muchas de las
personas que en esas exploraciones tratamos.
Luego la vida nos llevó por derroteros y
territorios diferentes. Pero tuve la tranquilidad de ver de lejos como
comprometía todo su empeño primero a la compleja y crítica tarea de la
ordenación del territorio primero y, más tarde, a luchar por la apreciación y
consideración del paisaje, asunto cuya relevancia y fragilidad,
paradójicamente, pocas personas veían. Ya más tarde, terminada su vida laboral,
aprecié con respeto su digna decisión de recogerse en una vida más callada.
Aunque lejano, lo sabía ahí, en sus riscos gaditanos, en el hermoso lugar que
quiso estar, con toda la confianza y esperanza que ello aportaba por si fuera
preciso recurrir a su honestidad y consejo.
Ahora, sin él, el mundo, y en especial nuestro
pobre mundo andaluz, es un poco peor. Un abrazo eterno.
